LA EDUCACIÓN PARA UN MÉXICO INTERCULTURAL
México es el
país con mayor población indígena de América. Según el último Censo Nacional de
Población y Vivienda (INEGI, 2011), 6.9 millones de mexicanos de tres años de
edad y más hablan una lengua indígena, lo que significa 6.6% de la población
nacional. Sin embargo, 15.7 millones (14.86%) se consideran indígenas.
México no puede definirse, como lo ha hecho a partir de 1992, en función de su diversidad cultural cuando estas enormes desigualdades que nos dibujan un escenario de enorme injusticia en lo que concierne a los pueblos indígenas no vayan siendo combatidas. Esto es un proyecto de país e implica a todos los sectores y agencias e instituciones de la sociedad. La educación contribuye a ello, y hacerlo significa mejorar la cobertura y la calidad con pertinencia cultural y lingüística de la educación destinada a los pueblos indígenas.
Definirnos como
país pluricultural significa, entre otros aspectos, hacernos cargo del
fortalecimiento de las lenguas y las culturas que nos hacen ser diversos, pero
también implica una educación que, frente a toda la población, trabaje el
conocimiento, la valoración y el aprecio de la diversidad cultural; que combata
el racismo que está en la base de las enormes injusticias que aquí apenas hemos
esbozado, y que vaya permitiendo construir una sociedad en la que las
asimetrías sociales y económicas entre población indígena y no indígena se
vayan desarmando y las relaciones entre los miembros de las diferentes culturas
se puedan ir dando desde posiciones de igualdad, se fundamenten en el respeto y
resulten mutuamente enriquecedoras.
El reconocimiento de los países como pluriculturales tiene significados importantes. Por un lado, significa que nos enorgullece ser culturalmente diversos y, por otro, implica reconocer que la diversidad no amenaza nuestra unidad, como durante tanto tiempo se pensó, sino que, por el contrario, la afianza y fortalece.
México es un
país racista. El racismo en México es difícil de enfrentar, porque se encuentra
naturalizado, no se reconoce como tal. De ahí la importancia de hablar de la
necesidad de educar a todos, y no sólo a los miembros de las culturas
minoritarias, en interculturalidad.
La educación
intercultural en este escenario significa trabajar educativamente para lograr
tres niveles de desarrollo cognitivo-afectivo mediante dos saltos
epistemológicos fundamentales. Lo primero que debe pretenderse es que los
alumnos de los grupos culturales minoritarios conozcan los aportes culturales
de los grupos minoritarios, sobre todo de aquellos con quienes comparten
territorio. La definición de los aportes culturales de los grupos minoritarios
sólo puede ser hecha por ellos mismos. Llegar al desarrollo de un currículo
intercultural significa, por tanto, trabajar con los grupos minoritarios para
que, de modo participativo, definan los aportes culturales de los que quieren
hacer partícipes a todos los demás grupos del país y allende sus fronteras.
El segundo nivel
consiste en reconocer como valiosos esos aportes culturales y, por lo tanto,
respetarlos. Para ello, es necesario que conozcan también los aportes
culturales de su propia cultura para que puedan contrastarlos y compararlos. El
salto epistemológico entre conocer y reconocer, lo que conduce a valorar,
consiste en identificar como propio del ser humano el construir la cultura que
caracterizará su ser, estar e interactuar con el mundo y con los demás a partir
de su entorno y sus necesidades. El tercer nivel trata de llegar a comprender
que en la diversidad estriba su riqueza, la suya como individuo y la de su
grupo como cultura. El salto epistemológico entre estos dos niveles estriba en
transitar del respeto a lo diferente a la valoración de sí mismo por la
diversidad.
La educación
intercultural con grupos mayoritarios implica combatir la discriminación y el
racismo. Como tal, supone una formación profunda del juicio moral autónomo,
para lo cual se requiere que a los alumnos se les brinden múltiples
oportunidades para asumir roles de otros diferentes y para reflexionar sobre
dilemas morales cuyo contenido es cultural y discutir su solución teórica en
grupo de manera que haya la posibilidad de construir los valores propios en
forma social. Estos dilemas proceden del currículo (sobre todo de la historia y
la literatura, pero no solamente); de los sucesos locales, nacionales y
mundiales contemporáneos, y de los conflictos que ocurren en el aula y en la
escuela entre alumnos o entre maestros y alumnos.
La educación
intercultural con grupos mayoritarios supone que se asiste a una escuela en la
que existe una convivencia basada en el respeto al otro, con base en reglas
decididas de común acuerdo. Supone aprender en una escuela en la que los
alumnos sienten que pueden expresarse, y que no por ello sufrirán maltrato
físico o psicológico ni burlas de sus compañeros. Mejor aún si en esa escuela
hay oportunidades de convivir con diferentes (en sexo, edad, capacidades,
integridad física) y de servir a los que, en aspectos específicos, tienen
debilidades identificadas.
En este escenario debe combatirse el racismo. Las orientaciones de formación del juicio moral autónomo que hemos mencionado ofrecen quizá la manera más efectiva de hacerlo. Existen experiencias interesantes en América Latina; por desgracia, pocas de ellas sistemáticamente evaluadas, de formación en valores o en derechos humanos orientadas por la teoría del desarrollo del juicio moral (un estado del conocimiento sobre este tema, que cubre hasta 1994, puede encontrarse en Schmelkes, 1997). Las escasas evidencias respecto a los resultados, en nuestro contexto, de la adopción de este enfoque es que, en efecto, se logra que los alumnos, hacia el final de la adolescencia, vayan construyendo un esquema valoral propio que incorpora los valores fundamentales que sustentan los derechos humanos, entre los cuales se encuentra, de modo central, el respeto a la dignidad de las personas y las culturas.
Por otra parte,
nos parece indispensable que la actividad educativa permita que los alumnos
descubran el racismo estructural que se encubre en las decisiones de política
económica y social y en la forma de operar de las instituciones públicas y
privadas, pues bien sabemos que el racismo no es sólo consecuencia de actitudes
y comportamientos individuales, sino que adquiere sus verdaderas dimensiones
con sus consecuencias de exclusión a través de estructuras económicas y
sociales y de políticas públicas que lo consienten e incluso lo favorecen.
En 2001 se creó la Coordinación General de Educación Intercultural y Bilingüe con dos propósitos: ir ofreciendo una educación de calidad con pertinencia cultural y lingüística para la población indígena en todos los niveles educativos, y proporcionar una educación intercultural para toda la población. En la búsqueda del primero de estos objetivos, se trabajó en la actualización docente para la atención a población indígena en escuelas preescolares y primarias no indígenas; se estableció la asignatura de lengua y cultura indígena obligatoria para las secundarias ubicadas en regiones indígenas; se crearon bachilleratos interculturales y universidades interculturales; y se diseñó la licenciatura en Educación Primaria Intercultural y Bilingüe.
El segundo
objetivo condujo intentos y algunos logros en la interculturalización de la
educación básica, que se define a sí misma como un "currículum
intercultural" (SEP, 2011); llevó a la producción de libros en lengua
indígena o bilingües para las bibliotecas de aula y escolares de todas las
escuelas del sistema; al desarrollo de programas de televisión sobre la
diversidad cultural del país; a esfuerzos todavía aislados de
interculturalización del currículo de los bachilleratos, así como de algunas
universidades; y a un trabajo editorial importante sobre el tema.
En el escenario
de avanzar hacia una educación para un país intercultural, tendremos que ir
construyendo un nuevo proyecto de país en el que tengan cabida diversas
visiones del mundo, de la vida y el futuro; en el que las asimetrías por
razones de pertenecer a culturas minoritarias ocasionen indignación y sean
sistemáticamente combatidas; en el que el conflicto intercultural se aproveche
para enriquecer las soluciones a nuestros problemas comunes, y en el que la
diversidad cultural se considere como una de nuestras mayores riquezas.
BIBLIOGRAFÍA:
Schmelkes, S. (2013). Educación para un México intercultural. Revista Electrónica Sinéctica, (40), 1-12.
En nuestro país aún existe una educación tradicional centrada en una cultura dominante
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